Durante los últimos años hemos visto cómo se ha hecho cada vez más evidente una realidad que la industria agroalimentaria chilena ya no puede seguir ignorando. La caída de las exportaciones agropecuarias, la crisis de rentabilidad de la cereza y la difícil situación que enfrentan los remolacheros nacionales tras perder a su principal cliente, IANSA, son señales de que nuestro modelo productivo enfrenta importantes desafíos en competitividad, diversificación y adaptación.
Desde mi experiencia de más de diez años en el rubro alimentario, trabajando junto a empresas en el desarrollo de nuevos productos y procesos, he constatado que durante décadas gran parte del desarrollo agrícola chileno se sustentó en la producción y exportación de materias primas. Sin embargo, los mercados cambian, las preferencias de los consumidores evolucionan y la competencia global se intensifica. Cuando un cultivo depende de un único comprador o una industria concentra gran parte de sus ventas en un sólo mercado, cualquier cambio en las condiciones comerciales puede transformarse rápidamente en una crisis.
Frente a este escenario, la pregunta ya no es cómo recuperar las condiciones del pasado, sino cómo construir nuevas oportunidades para el futuro. Es aquí donde la innovación adquiere un rol estratégico.
La innovación no debe entenderse únicamente como el desarrollo de nuevas tecnologías; también implica generar valor a partir de los recursos disponibles. Esto significa diversificar productos, acceder a nuevos mercados, desarrollar soluciones para materias primas subutilizadas y transformar recursos agrícolas en productos con mayor valor agregado. En un entorno cada vez más competitivo, innovar fortalece la resiliencia de las empresas, mejora su competitividad y abre nuevas oportunidades de crecimiento.
Chile posee una enorme riqueza de materias primas, subproductos y capacidades productivas que aún tienen un amplio potencial de valorización. Descartes agrícolas, excedentes de producción y recursos subutilizados pueden convertirse en ingredientes funcionales, suplementos, alimentos especializados o nuevos productos para mercados nacionales e internacionales.
Desde CREAS trabajamos para transformar ese potencial en oportunidades concretas. Nuestra experiencia demuestra que la transferencia tecnológica es clave para que la innovación genere impacto. No basta con crear conocimiento: este necesita ser adaptado y validado para su escalamiento y transferencia a la industria, con el fin de reducir riesgos y acelerar su adopción.
Asimismo, hemos comprobado que la innovación alimentaria permite generar valor agregado en distintas etapas de la cadena productiva. Mediante la valorización de materias primas, descartes y residuos, el desarrollo de nuevos productos, la incorporación de tecnologías y la mejora de atributos como la calidad y la vida útil, hemos acompañado a empresas y productores en la apertura de nuevas oportunidades de negocio.
Las dificultades que hoy enfrenta el agro chileno son reales, pero también representan una oportunidad para evolucionar. Más que una amenaza, pueden convertirse en el punto de partida para construir una industria alimentaria más diversificada, resiliente y competitiva. Cuando los modelos tradicionales muestran señales de agotamiento, la innovación deja de ser una opción y se convierte en una necesidad para el desarrollo sostenible del sector.
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